Hola a todas, hoy os traigo un relato que he escrito hace poco para celebrar el aniversario del blog de Fairytale. Ella es una compañera de "El club de las escritoras" y para celebrar el aniversario de su blog decidió lanzar un reto que me pareció muy interesante.
Para ello puso una serie de pautas y tenías que escribir un relato. Os dejo la dirección de su blog donde podéis leer las bases y ver como me las apañe para realizar el reto uno: http://elrincondelarelop.blogspot.com.es/2012/06/reto-aniversario.html
La Partitura de Las Hadas
Náyade dormía mal desde hacía unas semanas. No sabía el porqué de ese repentino y recurrente insomnio. Su amiga Carla le había prestado un antifaz para dormir, según ella te ayudaba a concentrarte y no pensar en nada.
Su vida era un caos desde que Richard le había dejado. Otro fracaso. Y de este habían pasado ya unos meses. Sus amigos, y sobretodo Carla, le decían que lo tenía que superar. Pero no podía, a sus 29 años se veía hundida en un abismo. Su día a día era del aburrido trabajo a casa. Ese día al llegar a su piso, no vio un montón de bultos que yacían esparcidos por el suelo.
— Será posible, menuda mierda—. No se lo creía, estaba tirada en el suelo de una forma muy poco elegante. Oyó unas pisadas que se acercaban.
— Oh, perdona, ¿Te has hecho daño?— Náyade no veía nada solo unos pies y una mano que se alargaba hasta ella. La cogió y de pronto un calor la empezó a reconfortar, se fue incorporando hasta tropezar con una mirada verde esmeralda que la dejó sin aliento.
— No, he tropezado sin darme cuenta. No me esperaba todo este desastre en el pasillo —. Lamentó haber dicho aquello, pero observó que el hombre no se molestaba.
— Perdona, acabo de llegar y estoy metiendo cajas todavía—. La había fastidiado de nuevo y no sabía como arreglarlo. El chico la miraba un poco serio.
— No ha sido nada. Adiós—. Se metió en su casa muerta de vergüenza por su agria actitud cuando ella no era así. Lo que pasa es que había tenido un día duro y complicado.
Se cambió de ropa y se dejó caer en el sofá. No tenía ganas ni de hacerse la cena y poco a poco fue cogiendo el sueño. De fondo le pareció oír una música muy bonita, eso la relajaba y la sumía más en el sueño.
William se sentó ante el piano, había terminado de entrar todos los bultos y el pasillo estaba desierto de trastos. Le había chocado la actitud de esa chica, su vecina. Parecía que estaba de mala leche. Los dedos golpeaban las teclas de una forma suave pero concienzuda. La melodía se le resistía y la audición era el viernes. Solo esperaba poder conseguir ejecutar la pieza sin ningún error.
Náyade se despertó de golpe, no sabía donde estaba y cuando se giró para ver la hora en el despertador se cayó de la cama.
— Joder, me he quedado dormida en el sofá—. Recordó la música, había dormido de un tirón. No se lo creía. Se levantó y se fue al cuarto a arreglarse, después de lo de ayer Roberto se le echaría al cuello.
¿Quién tocaría así de bien? Bajó al coche y condujo hacia la oficina. Cuanto entró, miró el reloj y sonrió a Carla.
— Llegas diez minutos tarde—. La voz áspera la increpó y ella se giró para encararse a su odioso jefe.
— Perdone, me he dormido…hace unos días que no duermo bien y…
— No me importa como duermas, después del día que tuviste ayer…y hoy llegas tarde.
— No volverá a suceder.
— Eso espero, ahora a trabajar y espero que el volumen de archivos baje más que ayer.
Cuando las dos muchachas se quedaron solas, empezaron a reír con suavidad.
— ¿Cómo es que has dormido de un tirón?
— No lo sé, después de caerme con las cajas de mi nuevo vecino me tumbé en el sofá y una música me relajó por completo.
— ¿Tu nuevo vecino? Cuenta, cuenta…— Náyade se dio cuenta que no se había fijado mucho en el hombre de los ojos esmeralda. Pensaba que esos ojos no eran típicos en el género masculino. Le contó a Carla lo que habían pasado y esta abrió mucho los ojos.
— Hazme un favor, cuando lo veas de nuevo se más amable.
— Mira, ayer no fue mi mejor día. Estaba hecho polvo—. Las chicas continuaron con el trabajo y no pararon más que para dar un pequeño bocado. Al final lograron terminar antes y salir pronto.
Náyade subía las escaleras, cuando oyó de nuevo la música. Era envolvente, una pieza preciosa y muy bien ejecutada. En medio de la melodía, sonó un descompás y se escuchó un fuerte golpe justo en su rellano. ¿Sería el nuevo vecino? Decidió llamar a la puerta y arriesgarse.
William estaba frustrado, la melodía no salía. Se encajaba siempre en la misma nota y estaba fuera de sí. Dejó caer con fuerza la tapa y se levantó arrastrando la silla. Justo cuando oyó el timbre. Al abrir la puerta se quedó de piedra al ver a su vecina, pero en ese momento relucía una hermosa sonrisa en su bello rostro. La vio como se puso nerviosa y un rubor empezaba a aparecer en sus mejillas.
— Perdona si te he molestado. Vengo a pedirte perdón por mi actitud de ayer. Tuve un día horrible.
— No pasa nada, espero que hoy estés mejor—. La vio como dudaba.
— ¿Tocas tú el piano?—él asintió.
— ¿Te molesta?
— Noooo, al revés. Anoche me quedé dormida oyéndola y hacia meses que no dormía de un tirón.
— ¿Te gusta?
— Es una melodía preciosa que atrapa desde el principio.
— No estoy seguro, me atasco en una nota—. Ella frunció la frente dándole un aspecto adorable que a William le encantó.
— ¿Por eso el golpe?—él se pasó la mano por el pelo de forma exasperada y ella creyó morir.
— Cerré de golpe la tapa enfadado.
— ¿Y se te ha ido el enfado?—el ascensor llegó en ese momento y salió la señora Pérez.
— Buenas tardes, señora Pérez, ¿Cómo está?
— Oh, muchacha muy bien. ¿Te molestan mis niños para dormir?—ella sonrió y William se sintió embaucado.
— No, tranquila. Además el insomnio me ha abandonado—. Lo dijo mirando a William.
— Me alegro mucho—. La buena mujer se dirigió a William—. Usted debe ser el nuevo vecino espero que viva muy feliz aquí. Si necesita algo aquí estamos.
— Eh…gracias señora. Soy William Pelson—. La mujer le dio la mano y se marchó a su piso.
Los dos quedaron en silencio un rato. De pronto a Náyade se le ocurrió algo.
— ¿Has cenado?—él negó— Si quieres venir a acompañarme haré algo para los dos—. William abrió mucho los ojos.
— ¿Seguro?—ella asintió—. De acuerdo, me cambio y en unos minutos estoy en tu casa.
Ella entró en su casa contenta como hace tiempo no lo estaba, preparo algo rápido y lo metió al horno. Corrió a cambiarse de ropa, quería ponerse algo más cómodo. El timbre la sorprendió y salió abrochándose una blusa.
William. Tan solo su nombre y temblaba de pies a cabeza. ¿Lo notaría él?
Cenaron en una animada charla. Los dos estaban a gusto y no lo ocultaban. Se contaron toda su vida en apenas unas horas. A las dos de la madrugada, Náyade se dormía. Al día siguiente era viernes y trabajaba solo por la mañana pero madrugaba más.
— Me voy a mi casa que te duermes.
— Perdona mañana entro a las siete.
— Tenías que habérmelo dicho antes.
— Estábamos muy a gusto charlando.
— ¿Mañana haces algo?—ella negó—. Te invito a mi primer concierto, solo espero estar a la altura de las expectativas. Es a la siete en el Palacio de la música.
— ¿De verdad me invitas?—el asintió. —Seguro que lo haces genial. Tendrá que tocar un rato ahora, porque necesito dormir con la melodía de fondo. Por cierto me llamo Náyade.
Le hizo caso y vaya si lo hizo bien, la maldita nota salió suave de sus dedos y sonó de forma maravillosa, tanto como ella.
Al día siguiente Carla puso el grito en el cielo cuando Náyade le contó lo que había pasado.
— Tienes que ir de compras. Necesitas un vestido para deslumbrarlo—. Ambas se fueron de compras y Náyade acabó comprando un vestido largo verde esmeralda. Le gustó tanto el color que no pensó en que era como los ojos de William. Fueron a casa de Carla y allí le ayudó a peinarse.
— No me hagas nada muy alto ni demasiado…
— Calla, va a quedarse de piedra.
Naýade subía los escalones del Palacio, no iba demasiado exagerada, había vestidos más provocativos y más caros que el de ella. En cuanto entró se sentó y la actuación comenzó enseguida. No lo había visto tocar, iba vestido con un esmoquin negro y una camisa blanca. Sus manos, fuertes y delgadas, golpeaban las teclas con amor. Sus ojos se encontraron en algún momento. Al acabar un coro de aplausos se hizo presa de la sala. Él saludó y le hizo un gesto. Ella fue a la parte de atrás del escenario. Le esperaba sentado con las manos apoyadas en las teclas y mirando una partitura.
— Todo ha salido bien gracias a ti. Me has ayudado y he tocado el final de la partitura de las hadas porque tú eres una de ellas—. Ella se sorprendió al oír eso, él se levantó y le cogió las manos. Ese vestido te sienta de vértigo—. En ese momento se dio cuenta del color, lo había elegido sin pensar en sus sentimientos. ¿Podría ser que quisiera a ese hombre en su vida?
— Yo…no he hecho nada y…
— Náyade, mi hada, mírame—. No pudo resistirse a esa voz que la rozaba como si fueran manos. Al alzar los ojos se vio engullida por su mirad verde y sintió sus labios contra los suyos.
Ese beso fue el comienzo de una melodía que nunca dejó de sonar.
FIN
Un beso a todas. Espero que os haya gustado.
Para ello puso una serie de pautas y tenías que escribir un relato. Os dejo la dirección de su blog donde podéis leer las bases y ver como me las apañe para realizar el reto uno: http://elrincondelarelop.blogspot.com.es/2012/06/reto-aniversario.html
La Partitura de Las Hadas
Náyade dormía mal desde hacía unas semanas. No sabía el porqué de ese repentino y recurrente insomnio. Su amiga Carla le había prestado un antifaz para dormir, según ella te ayudaba a concentrarte y no pensar en nada.
Su vida era un caos desde que Richard le había dejado. Otro fracaso. Y de este habían pasado ya unos meses. Sus amigos, y sobretodo Carla, le decían que lo tenía que superar. Pero no podía, a sus 29 años se veía hundida en un abismo. Su día a día era del aburrido trabajo a casa. Ese día al llegar a su piso, no vio un montón de bultos que yacían esparcidos por el suelo.
— Será posible, menuda mierda—. No se lo creía, estaba tirada en el suelo de una forma muy poco elegante. Oyó unas pisadas que se acercaban.
— Oh, perdona, ¿Te has hecho daño?— Náyade no veía nada solo unos pies y una mano que se alargaba hasta ella. La cogió y de pronto un calor la empezó a reconfortar, se fue incorporando hasta tropezar con una mirada verde esmeralda que la dejó sin aliento.
— No, he tropezado sin darme cuenta. No me esperaba todo este desastre en el pasillo —. Lamentó haber dicho aquello, pero observó que el hombre no se molestaba.
— Perdona, acabo de llegar y estoy metiendo cajas todavía—. La había fastidiado de nuevo y no sabía como arreglarlo. El chico la miraba un poco serio.
— No ha sido nada. Adiós—. Se metió en su casa muerta de vergüenza por su agria actitud cuando ella no era así. Lo que pasa es que había tenido un día duro y complicado.
Se cambió de ropa y se dejó caer en el sofá. No tenía ganas ni de hacerse la cena y poco a poco fue cogiendo el sueño. De fondo le pareció oír una música muy bonita, eso la relajaba y la sumía más en el sueño.
William se sentó ante el piano, había terminado de entrar todos los bultos y el pasillo estaba desierto de trastos. Le había chocado la actitud de esa chica, su vecina. Parecía que estaba de mala leche. Los dedos golpeaban las teclas de una forma suave pero concienzuda. La melodía se le resistía y la audición era el viernes. Solo esperaba poder conseguir ejecutar la pieza sin ningún error.
Náyade se despertó de golpe, no sabía donde estaba y cuando se giró para ver la hora en el despertador se cayó de la cama.
— Joder, me he quedado dormida en el sofá—. Recordó la música, había dormido de un tirón. No se lo creía. Se levantó y se fue al cuarto a arreglarse, después de lo de ayer Roberto se le echaría al cuello.
¿Quién tocaría así de bien? Bajó al coche y condujo hacia la oficina. Cuanto entró, miró el reloj y sonrió a Carla.
— Llegas diez minutos tarde—. La voz áspera la increpó y ella se giró para encararse a su odioso jefe.
— Perdone, me he dormido…hace unos días que no duermo bien y…
— No me importa como duermas, después del día que tuviste ayer…y hoy llegas tarde.
— No volverá a suceder.
— Eso espero, ahora a trabajar y espero que el volumen de archivos baje más que ayer.
Cuando las dos muchachas se quedaron solas, empezaron a reír con suavidad.
— ¿Cómo es que has dormido de un tirón?
— No lo sé, después de caerme con las cajas de mi nuevo vecino me tumbé en el sofá y una música me relajó por completo.
— ¿Tu nuevo vecino? Cuenta, cuenta…— Náyade se dio cuenta que no se había fijado mucho en el hombre de los ojos esmeralda. Pensaba que esos ojos no eran típicos en el género masculino. Le contó a Carla lo que habían pasado y esta abrió mucho los ojos.
— Hazme un favor, cuando lo veas de nuevo se más amable.
— Mira, ayer no fue mi mejor día. Estaba hecho polvo—. Las chicas continuaron con el trabajo y no pararon más que para dar un pequeño bocado. Al final lograron terminar antes y salir pronto.
Náyade subía las escaleras, cuando oyó de nuevo la música. Era envolvente, una pieza preciosa y muy bien ejecutada. En medio de la melodía, sonó un descompás y se escuchó un fuerte golpe justo en su rellano. ¿Sería el nuevo vecino? Decidió llamar a la puerta y arriesgarse.
William estaba frustrado, la melodía no salía. Se encajaba siempre en la misma nota y estaba fuera de sí. Dejó caer con fuerza la tapa y se levantó arrastrando la silla. Justo cuando oyó el timbre. Al abrir la puerta se quedó de piedra al ver a su vecina, pero en ese momento relucía una hermosa sonrisa en su bello rostro. La vio como se puso nerviosa y un rubor empezaba a aparecer en sus mejillas.
— Perdona si te he molestado. Vengo a pedirte perdón por mi actitud de ayer. Tuve un día horrible.
— No pasa nada, espero que hoy estés mejor—. La vio como dudaba.
— ¿Tocas tú el piano?—él asintió.
— ¿Te molesta?
— Noooo, al revés. Anoche me quedé dormida oyéndola y hacia meses que no dormía de un tirón.
— ¿Te gusta?
— Es una melodía preciosa que atrapa desde el principio.
— No estoy seguro, me atasco en una nota—. Ella frunció la frente dándole un aspecto adorable que a William le encantó.
— ¿Por eso el golpe?—él se pasó la mano por el pelo de forma exasperada y ella creyó morir.
— Cerré de golpe la tapa enfadado.
— ¿Y se te ha ido el enfado?—el ascensor llegó en ese momento y salió la señora Pérez.
— Buenas tardes, señora Pérez, ¿Cómo está?
— Oh, muchacha muy bien. ¿Te molestan mis niños para dormir?—ella sonrió y William se sintió embaucado.
— No, tranquila. Además el insomnio me ha abandonado—. Lo dijo mirando a William.
— Me alegro mucho—. La buena mujer se dirigió a William—. Usted debe ser el nuevo vecino espero que viva muy feliz aquí. Si necesita algo aquí estamos.
— Eh…gracias señora. Soy William Pelson—. La mujer le dio la mano y se marchó a su piso.
Los dos quedaron en silencio un rato. De pronto a Náyade se le ocurrió algo.
— ¿Has cenado?—él negó— Si quieres venir a acompañarme haré algo para los dos—. William abrió mucho los ojos.
— ¿Seguro?—ella asintió—. De acuerdo, me cambio y en unos minutos estoy en tu casa.
Ella entró en su casa contenta como hace tiempo no lo estaba, preparo algo rápido y lo metió al horno. Corrió a cambiarse de ropa, quería ponerse algo más cómodo. El timbre la sorprendió y salió abrochándose una blusa.
William. Tan solo su nombre y temblaba de pies a cabeza. ¿Lo notaría él?
Cenaron en una animada charla. Los dos estaban a gusto y no lo ocultaban. Se contaron toda su vida en apenas unas horas. A las dos de la madrugada, Náyade se dormía. Al día siguiente era viernes y trabajaba solo por la mañana pero madrugaba más.
— Me voy a mi casa que te duermes.
— Perdona mañana entro a las siete.
— Tenías que habérmelo dicho antes.
— Estábamos muy a gusto charlando.
— ¿Mañana haces algo?—ella negó—. Te invito a mi primer concierto, solo espero estar a la altura de las expectativas. Es a la siete en el Palacio de la música.
— ¿De verdad me invitas?—el asintió. —Seguro que lo haces genial. Tendrá que tocar un rato ahora, porque necesito dormir con la melodía de fondo. Por cierto me llamo Náyade.
Le hizo caso y vaya si lo hizo bien, la maldita nota salió suave de sus dedos y sonó de forma maravillosa, tanto como ella.
Al día siguiente Carla puso el grito en el cielo cuando Náyade le contó lo que había pasado.
— Tienes que ir de compras. Necesitas un vestido para deslumbrarlo—. Ambas se fueron de compras y Náyade acabó comprando un vestido largo verde esmeralda. Le gustó tanto el color que no pensó en que era como los ojos de William. Fueron a casa de Carla y allí le ayudó a peinarse.
— No me hagas nada muy alto ni demasiado…
— Calla, va a quedarse de piedra.
Naýade subía los escalones del Palacio, no iba demasiado exagerada, había vestidos más provocativos y más caros que el de ella. En cuanto entró se sentó y la actuación comenzó enseguida. No lo había visto tocar, iba vestido con un esmoquin negro y una camisa blanca. Sus manos, fuertes y delgadas, golpeaban las teclas con amor. Sus ojos se encontraron en algún momento. Al acabar un coro de aplausos se hizo presa de la sala. Él saludó y le hizo un gesto. Ella fue a la parte de atrás del escenario. Le esperaba sentado con las manos apoyadas en las teclas y mirando una partitura.
— Todo ha salido bien gracias a ti. Me has ayudado y he tocado el final de la partitura de las hadas porque tú eres una de ellas—. Ella se sorprendió al oír eso, él se levantó y le cogió las manos. Ese vestido te sienta de vértigo—. En ese momento se dio cuenta del color, lo había elegido sin pensar en sus sentimientos. ¿Podría ser que quisiera a ese hombre en su vida?
— Yo…no he hecho nada y…
— Náyade, mi hada, mírame—. No pudo resistirse a esa voz que la rozaba como si fueran manos. Al alzar los ojos se vio engullida por su mirad verde y sintió sus labios contra los suyos.
Ese beso fue el comienzo de una melodía que nunca dejó de sonar.
FIN
Un beso a todas. Espero que os haya gustado.
